Después de una semana casi, vuelvo a escribir. Ya han pasado las vacaciones. Ya ha terminado ese estupendo fin de semana. Me da la sensación como que todo lo que voy dejando atrás no es más que un sueño, como si nunca hubiera sucedido. Y eso me disgusta. Porque los buenos momentos deberían durar para siempre. Me frustra saber que cada día, instante, momento de mi vida en el que sea feliz va a tener que terminar, y dar paso a otros, más, menos o igual de satisfactorios, pero, al fin y al cabo, no los mismos. Y pretender que las buenas cosas duren para siempre es como intentar detener el agua entre las manos.
Aunque me entren las dudas, ha sido un gran fin de semana.
Los abrazos después de tanto tiempo saben mejor que los primeros besos.
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