Ahora entiendo a tu egocéntrico y caprichoso corazón cuando me decías que no le buscara el sentido a la vida. Sabías perfectamente que no lo encontraría sin ti. Recuerdo cuando te cabreabas y no sabía hacer nada para detenerte. También recuerdo las playas, los días de lluvia y las tardes subidas en aquel roble que rodeábamos juntando nuestras manos. Cuando pretendías que siguiera tu juego, que te buscara por cada rincón de nuestro escondite, pero enseguida desistías. Me conocías perfectamente y sabías que no iría tras de ti. Aunque me encantaba que me sedujeras, que me besaras, o que te acercaras y desaparecieras sin más.
Parece que la última vez que nos deslizamos por estas colinas que veo desde mi pequeña ventana arrancaste el color de la hierba, porque ahora lo veo todo marrón, o tal vez gris. Y aquella montañita que un día me prometiste que alcanzaríamos, se ha desplazado un poquito hacia la izquierda.
Y un muchito hacia atrás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario