lunes, 7 de mayo de 2012

La ansiedad me debilitaba. Me consumía por dentro en cada puesta de sol, acurrucada en aquel rincón del sofá, mientras el café se enfriaba y yo, con el portátil delante, esperaba una respuesta.
Cada vez que recordaba su sonrisa, mi alma abandonaba mi cuerpo y recorría cada lugar dónde no hacía tanto tiempo la hacía mía. 
Cuando se fue, prometí no volver a pensar en su olor, en sus besos, ni en su forma de reír. Pero nunca se me ha dado bien cumplir las promesas, y más cuando su no cumplimiento me llevaba a tiempos que viviría una y otra vez.
No entendía por qué no lloraba si mi facilidad para hacerlo era increíble. Tal vez el dolor me frenara las lágrimas, y tan sólo me permitía bloquear mi respiración y sentir una agonía interna que me dificultaba pronunciar una simple palabra.
Yo, que nunca me había doblegado a nadie. Que había sido una rebelde rompe corazones y que fardaba de poder hacer lo que quisiera sin enamorarme.
La misma que esa fría noche cuando te fuiste se encontraba tirada en el suelo entre miles de pastillas.



No hay comentarios:

Publicar un comentario